Más flamenco del nuevo de calidad. Lo descubrí ayer escuchando el programa de Canal Sur Radio "Flamencología" en el que se repasaban las actuaciones de varios artístas en Las noches blancas del Flamenco, celebradas en Cordoba. En el video podemos ver una actuación de Poveda en el "Loco de la Colina", lo dicho CALIDAD.
Juan Peña Fernandez, "El Lebrijano", es un cantaor flamenco en activo. Nació en Lebrija (Sevilla) en 1941, hijo de Bernardo Peña y María La Perrata. Es gitano, de pelo rubio y ojos azules.
Su carrera ha estado marcada desde sus comienzos por su
personalidad: es un artista que se ha atrevido con todo aquello que le
interesaba, sin importarle las opiniones. Así, sus principales discos
muestran influencias y fusiones del flamenco con otras músicas del
mundo (andalusí, japonesa, etc).
No duerme nadie por el cielo,
nadie, nadie, no duerme nadie.
Las criaturas de la luna
huelen y rondan las cabañas.
Vendrán las iguanas vivas
a morder a los hombres que no sueñan.
Y el que huye con el corazón roto
encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto
bajo la tierna
protesta de los astros.
No duerme nadie por el mundo,
nadie, nadie, no duerme nadie.
No es sueño la vida.
¡Alerta! ¡Alerta!
Subimos al filo de la nieve
con el coro de las dalias muertas.
Pero no hay olvido,
ni sueño, carne viva.
Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor
le dolerá sin descanso
y el que teme la muerte
la llevará sobre los hombros
Raramente me había llamado la atención algún bailaor flamenco, mi mucha afición y poco entendimiento se limitaba al cante...pero cuando vi en "El loco de la colina" a Farruquito subirse de un salto a la mesa y bailar descalzo...se me puso la carne de gallina. Y el efecto especial se repite en mi piel cada vez que lo veo...
Del cantaor
gitano de jerez se podrían contar decenas de anécdotas. La mayoría de
ellas tienen alguna relación con su afición a los galgos y a los pollos
de pelea, a los que era muy aficionado. Estando en Malaga
para cantar en uno de sus cafés cantantes, El pena padre, que fue quien
lo llevo a cantar en 1912, le habló de un aficionado a los gallos
ingleses que, además, era muy admirador de su cante. Manuel quiso
enseguida que lo llevara a su casa para hacerle una oferta por un gallo
colorao que ganaba en todos
los reñideros de Málaga. El hombre lo recibió en su casa como si lo
hubiese visitado el rey, pero no quería venderle el gallo.
-Te doy veinte duros por él-le dijo Manuel. -No lo vendo ni por mil duros-le contestó el dueño del animalito.
De izquierda a derecha: Manolo de Huelva, El Colorao
de la Macarena, Luisa Ramos Antúnez, Manuel Torre y Manolo Moreno.
Homenaje a los hermanos Quintero, en la Venta de Eritaña, Sevilla, año
1930.
Manuel
se enfado un poco y estuvo todo el día de mal humor, por la noche ya en
el escenario del café cantante al que había acudido, acompañado a la
guitarra de Currito el de la Geroma,
estaba echo un desastre; se le olvidaban las letras de los cantes y no
encontraba la inspiración. El dueño del café estaba furibundo y El Pena
no sabía dónde meterse. Estaba abochornado, porque lo había llevado él
a cantar y estaba quedando en evidencia. Al momento desapareció de la
sala y a la media hora se presentó con el gallo que le había gustado
tanto al gitano, por el que había pagado una fortuna. El Pena hizo que
lo viera Manuel con el gallo, y dicen que en ese justo instante,
emocionado, se bajó del escenario a darle un abrazo al cantaor malagueño. Después, claro está, cantó de maravilla. Así era El Majareta: lo que no conseguían mil duros, ¡de la época!, lo lograban con un gallo de pelea.
La fuerte personalidad de Manuel Torre impresionó vivamente a varios de los componentes de la generación del 27, llamada así por ser en ese año cuando tuvo lugar el mas amplio encuentro de un grupo de poetas e intelectuales, con ciertas afinidades, que se reunieron en Sevilla por el mecenazgo del torero Ignacio Sánchez Mejías, para celebrar el centenario del poeta Luis de Góngora. Además de los actos formales hubo alguna fiesta flamenca, organizada por Sánchez Mejías, que llevó a su admirado y protegido Manuel Torre, al que conocía de los tiempos de su cuñado Joselito.
En memorias y escritos de estos componentes, ha quedado el relato de lo que para muchos supuso esta experiencia flamenca, tanto en lo artístico como en lo humano, dando lugar a la creación en su entorno de una aureola fascinante, convirtiéndole en una figura mítica del arte flamenco, a lo que han contribuido nombres como Rafael Alberti y Federico García Lorca.
De Lorca parte el mito literario. Este le dedicó, del Poema del Cante Jondo sus viñetas flamencas, con las siguientes palabras:
"A Manuel Torre, Niño de Jerez, que tiene tronco de Faraón". El inmortal poeta también escribió lo siguiente sobre él: "Manuel Torre, el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido", y "Cada arte tiene, como es natural, un duende de modo y forma distinta, pero todos unen raíces en un punto de donde manan los sonidos negros de Manuel Torre, materia última y fondo común controlable y estremecido, de leño, son, tela y vocablo. Sonidos negros detrás de los cuales están ya en tierna intimidad los volcanes, las hormigas, los céfiros, y la gran noche apretándose la cintura con la Vía Láctea".
Alberti: "Manuel Torre no sabía leer ni escribir, solo cantar. Pero, eso sí, su conciencia de cantaor era perfecta. Aquella misma noche, y con seguridad y sabiduría iguales a las de un Góngora o un Mallarmé hubieran demostrado al hablar de su estética, nos confesó que no se dejaba llevar por la corriente, lo demasiado conocido el terreno trillado, resumiendo al fin, de un modo raro y magistral lo que él se imaginaba que comprendíamos a medias: "En el cante jondo lo que hay que buscar siempre hasta encontrarlo, es el tronco negro del Faraón".
Poco tiempo después el escritor y periodista Antonio Díaz Cañabate tuvo la vivencia siguiente:
"Media noche. Acabamos de entrar en la estancia. Ignacio Sánchez Mejías, un par de franceses amigos suyos, Manuel Torre, otro cantaor y una bailaora y un guitarrista. Íbamos a escuchar al famoso gitano Manuel Torre. Ignacio, gran admirador suyo, nos había estado ponderando su arte durante toda la cena: "Es algo que estremece. Es algo único. Le oyes una seguiriya y ya no te importa morirte. Ya no puede uno encontrar en el mundo una belleza que iguale el cante de Manuel Torre". El cual se sentó en un rincón y empezó a beber vino, callado, como ausente en la reunión. El otro cantaor, cantó. La bailaora, bailó. Manuel Torre ni miraba la danza ni escuchaba el cante. Ignacio nos informa: "Hay que dejarle. Es un gitano puro". Las tres de la madrugada. Manuel Torre se bebería sus treinta copas de aguardiente. Empezó... ¿a cantar? No. A hablar. Hasta las cinco de la mañana se estuvo hablando de galgos sin parar. Los franceses se durmieron borrachos perdidos. Entraron las claras del día. Bajito le pregunté a Sánchez Mejías: ¿Tú crees que cantará?. Y me contestó muy compungido: "Me temo que no. Cuando la toma con los galgos, a lo mejor no canta hasta las dos de la tarde". Me espanté. ¿Pero no vamos a estar aquí hasta las dos de la tarde?. Ignacio, con toda naturalidad repuso: "¡ Ah, claro!. Tu no sabes lo que es una seguiriya cantada por este hombre". Lo supe exactamente a las nueve y media de la mañana. Ignacio Sánchez Mejías, aquel hombre tan hombre, lloraba. Yo tenía la carne de gallina. Recorría mis nervios el escalofrío de la más intensa emoción. Han pasado muchos años. Ninguno me produjo la hoda, la jonda emoción del cante por seguiriyas de Manuel Torre".
Pepe el de la Matrona se manifestaba de manera parecida: "Manuel no pudo dar una, no estaba el hombre en condiciones. Y ya a las claras del día, cuando nos íbamos, salimos allí a la terraza a tomar café, nos sentamos y le dice Manuel al guitarrista: Oye coge la bajañí que voy a cantar dos veces que me ha cogió bien. Puso el pie encima de uno de los veladores aquellos, el otro tocándole, y cantó tres coplas por seguiriyas que el suelo temblaba. Yo no he visto otra cosa igual. Lo tengo metió en la cabeza y no se me olvía, no se me pué olvidar".
Cuando la anécdota y el mito superan la realidad, nos obliga a enfrentarnos a dos Manuel Torre completamente distintos, uno el de la mitología de los cuartos, "el señor de las camisas rotas" que conduce a disparates como "con él nació el duende", "impuso la voz natural" y no digamos de ciertas exageraciones "brotó la sangre" o " cabellos [arrancados] por el suelo". Y el otro, el cantaor que tiene que actuar ante un público a hora determinada, y que al no encontrar sitio artístico llegaba la bronca y hasta en algunos casos "obligándole a retirarse". La definición mas adecuada para él puede ser la de una amplia irregularidad, y tal vez el equilibrio mas sensato, al menos el más real, puede estar en su discografía, que ahora podemos escuchar, y ante la cual cada uno puede sugestionarse como quiera.
En una ocasión en que lo invitaron a una fiesta a cantar, cuando todo acabó y se fueron los flamencos y los invitados, se encontró en el suelo un collar de diamantes que costaba un verdadera fortuna. Era, al parecer, de una actriz americana, pero la verdad es que nunca fue reclamado y Tomás se lo guardó en el bolsillo y se fue a su casa de la Plaza de la Mata.
Como era tan honrado , y a pesar de que sabia que podía solucionarle su miseria, lo tuvo guardado algunos meses por si acababan reclamandolo, pero nadie habló de la valiosa joya. No atreviendose a venderlo, cada vez que se encontraba sin dinero para poner la olla del puchero, desmontaba el collar y vendía solo una pieza.
Estuvo así mucho tiempo hasta que terminó vendiendo el collar entero.