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Mayo del 2006
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Matando al azar
No quiero a ser inquilino en su diván, Ni me va eso de llorarle al camarero, Prefiero romper a pedradas sus cristales, Me siento mejor escupiéndole al cielo.
Malditos sean los yernos perfectos,
Que se mueran de asco los hijos de papa,
Prefiero seguir viendo en mis espejos
Al aprendiz , al vividor, al ave "capaz" .
Que suerte que valga más pájaro en mano
Con lo que a mí me gusta volar.
Lo mío es sembrar las tormentas
Que mañana tendré que esquivar
Lo tuyo, estar en ninguna parte,
A base de yoga, matando al azar
nué (Pa las que no matan el azar, a las que sí que les den...)
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Inoportunas
Como las espantadas del cantante, como las afonias del torero, como los gatillazos del ciclista, como las pajaras del amante, como el temblor de las cirujanas... mis amnesias.
nué
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MANUEL TORRE
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Del cantaor
gitano de jerez se podrían contar decenas de anécdotas. La mayoría de
ellas tienen alguna relación con su afición a los galgos y a los pollos
de pelea, a los que era muy aficionado. Estando en Malaga
para cantar en uno de sus cafés cantantes, El pena padre, que fue quien
lo llevo a cantar en 1912, le habló de un aficionado a los gallos
ingleses que, además, era muy admirador de su cante. Manuel quiso
enseguida que lo llevara a su casa para hacerle una oferta por un gallo
colorao que ganaba en todos
los reñideros de Málaga. El hombre lo recibió en su casa como si lo
hubiese visitado el rey, pero no quería venderle el gallo.
-Te doy veinte duros por él-le dijo Manuel. -No lo vendo ni por mil duros-le contestó el dueño del animalito.
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De izquierda a derecha: Manolo de Huelva, El Colorao
de la Macarena, Luisa Ramos Antúnez, Manuel Torre y Manolo Moreno.
Homenaje a los hermanos Quintero, en la Venta de Eritaña, Sevilla, año
1930. |
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Manuel
se enfado un poco y estuvo todo el día de mal humor, por la noche ya en
el escenario del café cantante al que había acudido, acompañado a la
guitarra de Currito el de la Geroma,
estaba echo un desastre; se le olvidaban las letras de los cantes y no
encontraba la inspiración. El dueño del café estaba furibundo y El Pena
no sabía dónde meterse. Estaba abochornado, porque lo había llevado él
a cantar y estaba quedando en evidencia. Al momento desapareció de la
sala y a la media hora se presentó con el gallo que le había gustado
tanto al gitano, por el que había pagado una fortuna. El Pena hizo que
lo viera Manuel con el gallo, y dicen que en ese justo instante,
emocionado, se bajó del escenario a darle un abrazo al cantaor malagueño. Después, claro está, cantó de maravilla. Así era El Majareta: lo que no conseguían mil duros, ¡de la época!, lo lograban con un gallo de pelea.
(GRANDES CLÁSICOS DEL CANTE FLAMENCO) |
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